Equipo de Ciclismo de Monataña MTB CEMAC Toluca

Por Iván Garcia– Septiembre 2019

Animando a todos, buscamos en el Desierto de los Leones un cambio a nuestro bosque del Nevado de Toluca. Luego de algunas deserciones, ocho animados rodadores del equipo de ciclismo de montaña de CEMAC Secc. Toluca, nos dimos cita para llegar juntos al Desierto. Claro que hubo algunas dudas en llegar, y todos listos y preparados salimos desde el estacionamiento principal.

Cabe destacar que coincidimos con un grupo de bikers de CEMAC Central, que esperaban al resto de sus compañeros. Me hubiera gustado rodar con ellos, en el espíritu de compañerismo de CEMAC. Será el objetivo de una próxima salida.

Desde el estacionamiento salimos por una brecha desgastada por el agua y por donde la gente pasa, hasta la desviación de una subida exigente e intempestiva, por un bosque húmedo y resbaloso, que solo por la orilla ayuda la hojarasca para no caer. Buen tramo para despertar los sentidos con el esfuerzo.

Luego una vereda ancha que transcurre entre el bosque por columpios, letreros de mensajes cortesía de «Bimbo», puentes nuevos y otros deportistas, una señora de color amarillo iba a paso constante, rebasándonos en las subidas y rebasada en las bajadas. Antes de llegar a la carretera, una vieja construcción nos llamó la atención: no la había visto antes… ¿Qué habrán sido sus arcos y bóvedas derruidas?

Carretera abajo, iniciamos el camino empinado hacia cruz blanca. Entre muchos bikers y corredores fue avanzando el grupo, siempre mantenido compacto y a buen paso. Seguridad, ante todo.

En el cruce decidí llegar hasta el puente, ya que todos se veían sin mella por el esfuerzo. Y así llegamos donde la señora de las quecas se pone, siempre llena de gente.  Almuerzo entre pláticas y fotos, recuerdos de La Diabla y exploraciones. Advirtiendo cuidados para el regreso, desrodamos a buena velocidad por un camino húmedo y pedregoso. Varios dieron vuelo a su descenso, llegando con una sonrisa en menos de cinco minutos, al inicio de veinticinco de subida.

Un alegre grupo salió hacia Disneylandia por brechas lodosas y batidas. Pronto estábamos bajando en una pista recién arreglada y señalada, con bordos y recibidores, curvas, peraltes, escalones y raíces. Diversión al alcance de la montaña.

Rodando por brecha de nuevo, llegamos a la vereda que desciende por las ermitas. Muchos caminantes en ascenso, familias, amigos y mascotas que al igual que nosotros disfrutaban de las maravillas cercanas a la CDMX.

Y después de algunos resbalones, salimos al estacionamiento del ex-convento Carmelita, y aquí me ganó la exploración… Llegando al ex convento nos adentramos en el estacionamiento interno, cruzando una puerta de medio arco con empedrado de verdín, y cercas de piedra y musgo. Un paseo por el siglo XVI.

Siguiendo el camino hasta un arco que sale al bosque, sin cruzar este último, dimos vuelta a la derecha sobre una vereda llena de verdín imposible de estar de pie. Avanzamos entre el bosque rodeando el terreno del ex-convento, hasta encontrar los muros y contrafuertes de la barda principal. Testigos del tiempo y la historia. Por un camino asfaltado, descendimos hasta una cañada donde nos esperaba el lago de los gansos, con sus caídas de agua y sus puentes. Para llegar al puente principal, sobre la presa, tuvimos que pasar por una vereda empedrada al lado del agua, con los nervios de no caer y seguir rodando en equilibrio.

Subiendo abruptamente por la ladera opuesta, seguimos por una brecha que terminó en vereda. La humedad del bosque nos ofreció vistas magníficas de la vegetación, musgo, hongos, árboles de todo tamaño. En ocasiones me hizo recordar el bosque de Huasca y San Miguel Regla. Añoranzas del terruño… Y también había verdín, partes deslavadas, troncos caídos, resbalones incluidos. Paso a paso nos íbamos adentrando en descender esa ladera maravillosa y llena de sorpresas, que desde el inicio incrementó el nivel de la ruta, exigiendo mayor técnica y control en todos. Incluso caminando.

No tardamos en cargar la bici varías veces. Troncos y zanjas pronunciadas nos obligaron a ello. Un tramo que salió de curso, fue corregido cruzando un río, sobre las rocas y un tronco tirado, que sirvió de riel para pasar rodando las bicis. Y nosotros jalándolas en sincrónica cadena humana. Y en dicho tramo encontramos de nuevo paseantes del parque, en familia y amigos.

Todavía me cuestiono como llegó un niño en un carrito – carreola jalado por sus padres, cuando a mi me costaba esfuerzo pasar rodando… Los sonidos de pájaros, trinos y el movimiento de las hojas poco a poco fue llenándose de estruendo de motores y civilización… Volviendo por el mismo camino de inicio, llegamos al estacionamiento con todo el escándalo de lo humano: música, risas, bocinas… Las quecas se comieron hasta la Marquesa, para tomar camino y disfrutar de una buena plática escanciada de mosto.

Al final una nueva aventura de 25 km en montaña, con paisajes increíbles, tramos muy recomendables, e historia entre la naturaleza. Y ocho hermanos de montaña que doy gracias por su compañía y confianza en esta ruta. ¡Orgullosamente CEMAC Toluca!

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